miércoles, 31 de agosto de 2011

Erich von Stroheim (extracto)

 El filo de tu nariz podría cortarme. Tu nariz respingada bajo una frente de cejas prominentes, forman una T fantasmagórica. Tu cuello es largo: imposible de estrangularlo, de torcer la materia que lo compone sin arriesgar de quebrarme los dedos. Tu pelo es largo también, una  cabellera como piedra tallada en bajo relieve. Tu sonrisa pícara no engaña a nadie: eres hombre de placer antes que hombre. Tu cara puntiaguda desafía las caras planas y difusas que nos rodean: caras de esposos o de padres. No eres padre, no eres esposo, tampoco eres hijo. Eres más de momentos cortos que de pasar la noche entera, más amante que marido. Y sin embargo, te elegí.     
Estoy viva en tu tumba. 
Pienso en esos cementerios ocultos de América profunda, donde lacónicos epitafios inscriben la tumba: Madre. Hermana. Esposo. Y más curioso aún: Tío. 
Nada más que el simple enunciado, sin nombre, sin fecha, solamente el lazo familiar por la eternidad.  
Eres amante por la eternidad. 
Un látigo para azotarte. 
Eres piedra. 
Tu nuca, en este momento, no la veo, menos mal. Podría quebrarla de un golpe de fierro.  
Estoy viva en tu tumba, espero que te me aparezcas. 
Observo tu perfil derecho, borra toda la ironía de tu cara de frente, aparece algo más oscuro: la oscuridad del libertino. La sonrisa ya no tiene esa contracción pícara: se hace rictus, se torna amargo. Tu perfil izquierdo es la de un libertino. Ese perfil –el izquierdo- es cruel, mientras que el perfil derecho simplemente está abatido. Crueldad – lasitud: tu vida entera contenida en ambas palabras. 
Tu cara no tiene ninguna majestad. Una cara sexual. Llevas el sexo en tu cara, tu cara de doble perfil.  


Christophe Pellet

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