Cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior, “demasiadas cervezas”, dijo, al ver mi cabeza, al lado de la suya, en la almohada… y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana.
Y un insolente sol, como un ladrón, entró por la ventana.
La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot y aquellos ojos miopes y la sangre al galope por mis venas y una nube de arena dentro del corazón; y esta racha de amor sin apetito.
Los besos que perdí, por no saber decir: “te necesito”.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, una vez me contó, un amigo común, que la vio donde habita el olvido.-
Sabina
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