Al situar mi cuerpo horizontalmente cada noche, calculo las horas que mis ojos permanecerán cerrados.
Luego despego los parpados y tengo visiones vagas de lo que soñé: fracasos que arrastro en el subconciente, miedos supuestamente claudicados, calles congestionadas de tu olor, tu sombra en mi ventana, quizá.
Ya han pasado años, centurias surrealistas y aún siento tus pies tibios.
Todavía tu respiración me sofoca bajo las sábanas
y la mayoría de los días nublados
te pienso
te escribo
y a ratos, te extraño.
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